La sabiduría de las emociones

La sabiduría de las emociones

Claves para relacionarnos de una forma constructiva con ellas.

Susi Lizón. Psicóloga humanista integradora y sofróloga clínica

Introducción

Las emociones son la expresión del impacto que la vida va dejando en nosotros, aparecen para que las escuchemos y aprendamos del mensaje valioso que nos ofrecen, sin embargo, con frecuencia, no sabemos bien qué hacer con ellas, y nos relacionamos de forma insana quedando atrapados bajo su influencia.

Existen dos mecanismos a través de los cuales nos quedamos atrapados en las emociones: uno cuando nos desvinculamos de ellas, mediante la negación y la evasión, creyendo que por el hecho de no sentirlas desaparecen, y otro cuando nos instalamos en ellas a través de la rumiación y de la cavilación. Con el primero nos desconectamos, con el segundo las amplificamos.

Cuando evitamos sentir las emociones nos actúan y habitan por dentro, pero al manifestarse fuera de nuestra consciencia, se tornan más peligrosas y aparecen en forma de problemas psicosomáticos, ansiedad o conflictos en nuestras relaciones interpersonales, cuando por el contrario nos instalamos en ellas a través de la cavilación mental, es como si amasáramos la emoción, magnificando sus efectos.

Cómo relacionarnos de forma constructiva con las emociones

Entre estas dos maneras extremas de relacionarnos con las emociones existe una forma más constructiva de abordarlas que nos ayuda, por un lado, a escucharlas para beneficiarnos de su sabiduría y, por otro, a estar con ellas sin que nos ahoguen ocupando todo nuestro espacio interior. Este camino intermedio, es la contemplación de la emoción.

Para contemplar una emoción y saber qué me está indicando sin que me pierda en ella, puedo seguir los siguientes gestos psicológicos inspirados en los siete peldaños del equilibrio emocional de los que habla Vicente Simón (2011):

2.- Hacer una pausa y mirarse hacia dentro

Cuando notamos que una emoción intensa o desagradable surge en nosotros, podemos hacer una pausa y dirigir nuestra atención hacia ella y mirar la emoción con curiosidad. Es justo lo contrario de lo que hacemos automáticamente cuando percibimos una emoción que nos desagrada, ya que nuestro cuerpo se contrae y tratamos de contener la emoción o “mirar hacia otro lado” para no sentirla.

2.- Respirar profundamente

Llevamos nuestra atención a la respiración y al cuerpo, dándonos cuenta en qué parte del cuerpo se manifiesta la emoción. En lugar de contraernos evitando las sensaciones desagradables, las percibimos con atención dejando que la emoción se exprese con el lenguaje de las sensaciones corporales, por ejemplo, en el pecho en forma de opresión, en el estómago en forma de nudo, y, a la vez, vamos relajando la zona dónde se manifiesta, mediante la respiración profunda.

3.- Identificar la emoción y observar cómo se produce

Tomamos consciencia de ella y le ponemos nombre. Al etiquetar y nombrarla, la emoción pierde su fuerza y disminuye su intensidad. Nos damos cuenta de si ha sido suscitada por algo interno o externo, es decir si el desencadenante ha sido un pensamiento, imagen de un recuerdo o de una anticipación, o se ha manifestado como consecuencia de una situación o interacción con una persona.

Observamos la emoción no de una manera racional o intelectual sino desde nuestro centro sensitivo vivencial es decir desde la experiencia directa.  Podemos también preguntarnos qué diría la emoción si hablara, y qué necesidad está expresando, qué nos impulsa a hacer y cómo nos comportaríamos si nos guiáramos por ese impulso. Se trata de “sentar” a la emoción dentro de nosotros, acogiéndola en nuestro interior para poder escuchar su mensaje

4.- Permitirnos sentir: aceptación

Sin oponerle resistencia notamos el sentimiento desagradable que se ha desencadenado en nosotros y el rechazo que nos produce la emoción, pero en lugar de poner en marcha los mecanismos acostumbrados de evitación o defensa, permitimos que la emoción se manifieste sin obstáculos y le dejamos espacio en nuestro interior permitiendo que sea como es.

Sólo cuando ha habido una verdadera aceptación y apertura a la emoción dolorosa, podemos transformarla por medio de la acción opuesta, por ejemplo, si estamos tristes, podemos iniciar alguna actividad que nos distraiga, si tenemos rabia podemos decidir canalizarla de forma constructiva a través del deporte, etc. Esta acción será positiva en la medida que parta de una verdadera aceptación de la emoción primaria sentida.

5.- Acogernos en la emoción

Respiramos profundamente y tratamos de conectar con una parte sana y amorosa dentro de nosotros. Se trata de abrazar la emoción como si de un niño pequeño se tratara, apaciguando nuestra parte vulnerable, ya que, por ejemplo, si sentimos rabia hacia nosotros mismos porque estamos enfadados, nos agredimos doblemente.

Todos tenemos una voz sana y una voz disfuncional, se trata en los momentos difíciles de poder contactar con la voz amable que nos ayuda a reconfortarnos en lugar de dejar que sea la voz neurótica y disfuncional quien nos arrastre e instale en el malestar incrementándolo inútilmente.

6.- Hacerle espacio a la emoción

Si hemos seguido los pasos anteriores, como consecuencia de ello, “le hemos hecho espacio a la emoción”, y esto nos permite ser conscientes de cómo la emoción nos acompaña un tiempo y luego se va si no nos aferramos a ella con nuestra mente. De esta forma nos damos cuenta que somos más que la emoción y dejamos de alimentarla con los pensamientos y las cavilaciones que la retienen y fomentan, aflojándonos en el hábito de alimentar la circularidad entre pensamiento y emoción.

7.-Pasar a la acción si corresponde

Muchas veces no es necesario actuar de inmediato y necesitamos que la tormenta emocional amaine y, otras veces, ni siquiera es necesario actuar. En cualquier caso, si seguimos los gestos psicológicos mencionados en nuestra relación con las emociones, no reaccionaremos de forma automática, poniendo el botón de pausa entre la emoción y la acción, y creceremos en consciencia, aumentando nuestra capacidad de responder libremente.

Conclusión

En definitiva, se trataría de poder transformar las emociones en oportunidades que nos ayuden a comprendernos mejor a nosotros, las situaciones en las que nos encontramos, aumentar un “yo cuidador” que nos acoja en los momentos difíciles y, si las circunstancias lo requieren, poder utilizar la información que nos da la emoción para reorientar la situación externa de una forma constructiva.

La sofrología como método psicocorporal de autoconocimiento nos proporciona el espacio de escucha interna para ser conscientes de todas nuestras emociones desde la corporalidad para desde ahí, descifrar su mensaje y, poniéndolas bajo la perspectiva de la razón, regularlas para que no nos gobiernen.

Os dejamos con el vídeo donde Susi Lizón nos habla de las emociones.

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